DESCUBRE MIS RELATOS
La primavera
—¿Has visto esta noticia? —le pregunté a mi marido durante el desayuno, mientras le pasaba el periódico y encendía la cafetera—. Esto empieza a ser cotidiano… aunque una nunca acabe de acostumbrarse.
“Se cumplen hoy 100 días viviendo en el 20 de marzo”, rezaba el titular. Era ya una noticia breve, perdida en páginas interiores. Ni siquiera abría portada.
Él la ojeó con cierta indiferencia, de pie, con el maletín en la mano, a punto de salir hacia el trabajo.
Los primeros días sí ocuparon primeras páginas en todo el mundo, a cinco columnas. No era para menos: el calendario parecía haberse atascado. Al lunes 20 de marzo le
siguió el martes 20 de marzo, y a éste el miércoles 20 de marzo… y así sucesivamente.
Un bucle del que no había manera de salir.
Científicos, políticos, meteorólogos y economistas se devanaban los sesos buscando una explicación. Pero no la había. Y lo peor: tampoco había forma de avanzar.
—Me marcho —dijo él, seco, dejando un beso frío en la mejilla—. Llego tarde.
“Ya no nos queremos”, pensé. “Hace tiempo que ya no nos queremos”.
Pero seguíamos juntos. Por los niños. Por la hipoteca. Por la familia. Por el qué dirán.
Los días, en realidad, no eran idénticos. A veces llovía, otras no. Algunos días había más tráfico; otros, menos tristeza. Poco a poco, la gente se fue acostumbrando a aquella nueva rutina. Cada día se intentaba hacer algo distinto… aunque, en el fondo, siempre
fuese el mismo día.
El periódico insistía: seguíamos atrapados en la misma estación. El último día del invierno se negaba a marcharse y a dar paso a la primavera.
No hacía especialmente frío, pero los días eran cortos y el sol apenas brillaba. Y el ecosistema empezaba a resentirse: los árboles no florecían, la fruta no crecía y muchos animales seguían hibernando.
“¿Vamos a vivir siempre en el 20 de marzo?”, concluía el artículo.
Apuré el café, me colgué el bolso y salí a la calle. La temperatura era agradable, así que decidí ir caminando a la oficina. Algún rayo de sol intentaba abrirse paso entre las nubes.
Meses después, cuando la resignación empezaba a imponerse, un equipo de científicos franceses encontró una solución. No lograron explicar el origen del problema, pero sí cómo resolverlo.
Bastaba con inyectar grandes dosis de átomos de oxígeno en la estratosfera.
Y así fue.
Al día siguiente de que una aeronave de la Agencia Espacial Europea esparciera los átomos por todo el planeta, amaneció 21 de marzo. Después llegó el 22. Luego el 23.
La primavera, por fin, avanzaba.
Y, como siempre, tras ella llegó el verano. Con él, las vacaciones. Y el regreso a la
playa.
—Hola, Inés —me saludó mi vecina con dos besos mecánicos al vernos salir del
ascensor con las maletas—. ¿Y tu marido no viene? Perdona… nunca recuerdo su
nombre.
—Se llama 20 de marzo —le respondí—. Y no, no viene. Ya no estamos juntos.
Entramos en la casa y abrimos las ventanas. El aire estaba cargado, como si también allí el tiempo hubiera estado detenido.

ME GUSTA IR A IKEA
Me encanta ir a IKEA.
No me refiero a comprar muebles —que también—, sino a tumbarme en los sofás. Los he probado todos: los de dos plazas, los de tres, las chaise longue… Suelo ir los lunes después de comer, al IKEA de San Sebastián de los Reyes. Me tumbo en alguno que me guste, me echo una siesta de media hora, me levanto, saludo al personal y me voy tan contento.
La primera vez fue hace casi años. Venía agotado de una jornada interminable de reuniones circulares y decisiones aplazadas. Sentía que empujaba un proyecto que no avanzaba. Entré en IKEA casi por inercia y decidí sentarme un momento en uno de los sofás. Solo cinco minutos.
Me quedé completamente dormido.
No sé cuánto tiempo pasó. Pero soñé. Soñé que cambiaba de vida. Una en la que las decisiones eran mías. Una en la que los lunes no se hacían tan difíciles.
—¿Podemos ayudarle en algo? —me despertó suavemente una dependienta.
—Ya lo han hecho —contesté.
Salí de allí mucho más feliz de lo que había entrado. Más ligero.
Desde entonces vuelvo casi todas las semanas a echar una cabezada. A veces pienso que estaría más cómodo en la sección de dormitorios, con más espacio y mayor confort.
Pero los sueños no serían los mismos.

EL TUERTO
Tengo un amigo que es tuerto. No solo tuerto, también es sordo de un oído.
No siempre fue así, todo le ocurrió después de un grave accidente en moto. Pasó varias semanas en la UCI, mucha incertidumbre, pero al final salió adelante casi entero: un par de costillas fracturadas y una pequeña lesión cerebral que le hizo perder la visión y la audición del lado izquierdo de la cara.
Lo sorprendente no es lo que perdió, sino cómo lo afrontó. Dice que se siente afortunado porque perdió el ojo y el oído malos y conservó los buenos. Que la vida, dentro de lo que cabe, fue selectiva.
Él lo encaja todo con mucho humor. Dice que ahora solo puede ver el lado positivo de las cosas y nunca escucha comentarios negativos ya que ese oído es el que perdió. Nos cuenta que eso antes no le ocurría. Es admirable.
Al principio, nos dio mucha pena lo que le había sucedido, pensábamos que era injusto.
Ahora todos le envidiamos.

LA OFICINA DE OBJETOS PERDIDOS
—No estoy seguro. Creo que la debí de perder el jueves pasado en la parroquia de El Pilar, en el funeral de mi padre. -Yo me encontraba en la oficina de objetos perdidos, explicándole al responsable cómo era la prenda que había extraviado.
—No hemos encontrado ninguna chaqueta de esas características -me contestó-. Pero puede llevarse, si quiere -agregó para mi sorpresa-, este jersey negro de cuello vuelto. Yo creo que le puede favorecer…
Aquello ocurrió hace unos años y ya casi lo había olvidado. Sin embargo, hace unos meses me ocurrió algo similar. Me encontraba de nuevo en objetos perdidos describiendo la pluma que creía haber perdido en la oficina del SEPE unos días antes cuando fui a entregar los papeles del paro. No habían encontrado mi pluma, pero salí de allí con unos gemelos que hacían juego con una camisa nueva que tenía.
Desde entonces, repito la escena dos veces por semana, los lunes y los jueves. Pierdo algo de forma intencionada, voy a la oficina de objetos perdidos y salgo de allí con algo
completamente diferente.
Quizás la vida vaya de eso: de perder unas cosas y de encontrar otras. A veces queriendo y otras veces sin querer.

Dos botellas de Rioja
La semana pasada, en una cena con amigos, el anfitrión nos propuso un juego, “un experimento sociológico” lo definió él. Nos dijo que había comprado dos botellas de vino: una
de doce euros y otra de casi cincuenta. Ambas botellas contenían vino de rioja.
Envueltas ambas botellas en papel de albal -para que no pudiéramos identificarlas- nos sirvió a cada uno de los invitados dos copas pequeñas, primero de una botella y después de la otra. Y a continuación cada uno de nosotros teníamos que enviarle un whatsapp privado diciéndole cuál
pensábamos que era el vino más caro.
Después pasó a darnos el resultado: cinco personas habíamos votado por una botella y cuatro por la otra. Muy cerca de un resultado completamente aleatorio, pensé yo, prácticamente como tirar una moneda a cara o cruz.
“No tenéis ni idea. Habéis fallado todos” dijo para nuestra sorpresa. Las dos botellas contenían exactamente el mismo vino, de 3,95 euros la botella.
La cena trascurrió en silencio. Varios de nosotros cambiamos a cerveza.
