IKEA


Me encanta ir a IKEA.

No me refiero a comprar muebles -que también-, sino a tumbarme en los sofás. Los he probado todos: los de dos plazas, los de tres, las chaise longue… Suelo ir los lunes después de comer, al IKEA de San Sebastián de los Reyes. Me tumbo en alguno que me guste, me echo una siesta de media horita, me levanto, me despido del personal y me voy tan contento.

La primera vez fue hace casi dos años. Agotado tras una jornada maratoniana de reuniones que no llevaban a ningún lado y frustrado porque no conseguía sacar adelante el proyecto en el que estaba trabajando con mi equipo, me fui a IKEA y decidí sentarme a descansar un momento en uno de los sofás. Me quedé completamente dormido, no sabría decir cuánto tiempo. Y soñé. Soñé que cambiaba de vida, una que me gustaba más, una que tenía más sentido para mí.

-¿Podemos ayudarle en algo?- me despertó suavemente una dependienta súper amable.

-Ya me habéis ayudado – le contesté para después darle un abrazo. Salí del local mucho más feliz de lo que había entrado.

Y desde entonces vuelvo casi todas las semanas. A veces pienso que estaría más cómodo en la sección de dormitorios, con más espacio y mayor confort. Pero los sueños no serían los mismos.


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